¿El fin de la historia?

Érase una vez un largo y robusto muro, levantado bajo la premisa de separar las dos partes de nuestro mundo; éstas se diferenciaban radicalmente en su forma de concebir la sociedad.

Tal era el antagonismo de sus creencias, y el vigor con el que las defendían, que la segunda mitad del pasado siglo se convirtió en una época de guerra, sin que nunca se llegase a desenfundar un arma. Sin duda, era la batalla de las ideologías, las que buscaban conquistar cada rincón del pensamiento humano y lograr la hegemonía en la política y la economía de las naciones.

Pero, de pronto, se sintió un vacío. El bloque occidental miraba, altivo, la caída de su contendor. La importancia de ese momento histórico fue lo que motivó a un entendido del tema a postular algo, a lo menos, controvertido: la historia había llegado a su fin. Desde ahora, la discusión política no sería guiada por las ideologías sino que se ocuparía de trabajar en la implementación, dado su arrollador e innegable triunfo, del único sistema legítimo: la democracia liberal. El comunismo y el fascismo eran sistemas obsoletos y desacreditados que nunca volverían a estar dentro de los objetivos a los cuales aspirar, puesto que no aseguraban el progreso de los países, y, por sobre todo, no protegían los derechos y libertades individuales de los seres humanos. La historia ya estaba contada, de ahora en adelante nada más faltaba editarla y mantenerla, mas nunca más discutir su argumento. 

De un tiempo a esta parte, en un presente en que nos encontramos alistando el escenario de lo que esperamos sea la victoria del “apruebo” para una nueva constitución, es que han aflorado nuevamente algunas ideas que parecen contradecir la tesis de Fukuyama -aquel entendido del tema-. 

La realidad nos dice que se han alzado los extremos del espectro político, lo que ha polarizado el ambiente. Hoy, particularmente, quiero referirme al ala derecha de dicho espectro, que últimamente ha dado bastante que hablar. Ahí la violencia asoma como una forma común y válida de manifestación. Vemos a gente con banderas confederadas y armas confeccionadas en sedes de partidos políticos que dicen llamarse democráticos. Vemos fundaciones de partidos de seguidores del dictador Pinochet (Fuerza Nacional). Se ha relativizado el respeto por los Derechos Humanos por parte de carabineros: pareciera ser que el orden público supone un argumento legítimo para atropellar la integridad y la dignidad humana. Esto, por definición, atenta contra los principios de la democracia que construyeron nuestros antepasados y que, estoy seguro, la gran mayoría de los chilenos valora, y, por lo mismo, entiende lo central de su esencia: los seres humanos son fines en sí mismos y las atrocidades de nuestro pasado nos enseñaron que eso no se transa por nada. 

Pero, ¿por qué defender lo contrario? ¿Qué hace que algunos prefieran que “los maten a todos”? ¿Tan profundo ha calado el autoritarismo e incluso el fascismo? ¿No les parece correcto -y hasta intuitivo- que los humanos convivamos en la paz y el respeto viéndonos como iguales? ¿Por qué ir en contra de la democracia misma?

La razón de fondo tiene que ver con la prevalencia del miedo. El miedo a lo diferente, a lo desconocido. Esa inseguridad constante ante las diversas circunstancias del entorno que generan que su pensamiento se base en la búsqueda incesante de una amenaza de la cual protegerse. En el pasado fueron los socialistas, los obreros, los judíos o negros… hoy son los inmigrantes, los homosexuales, las feministas o cualquiera que ose alterar el statu quo. Se trata de un sector político que, ante todo, y desde un fundamento hasta moral, valora el orden social preexistente y por ello es que rechaza los cambios de fondo en materia económica, política, social y valórica que hace rato se vienen clamando en el país: la ampliación de la democracia, las libertades y los derechos sociales; la reformulación de nuestro modelo de desarrollo y crecimiento; o la consecución de una sociedad más igualitaria… Es, en definitiva, una aversión exagerada al cambio.

Por lo mismo no pareció rara la postura que tomaron con respecto al plebiscito de abril. Si bien se esperaba que discreparan en algún aspecto, no se veía venir que rechazaran por completo el cambio constitucional. Tienen al país en las calles desde hace cinco meses y se dan el lujo de querer dejar todo como está. Es realmente inverosímil y se ven hasta ridículos tratando, como señaló Francisco Covarrubias, de resistir en su trinchera creyéndose los héroes de la Concepción para morir con las botas puestas.

Es cierto que la política está compuesta por gente que aspira a horizontes distintos, lo que es propio de la diversidad que hace rico a nuestro mundo. El “rechazo”, si bien es discutible, es una opción totalmente legítima que debemos respetar. Lo que es intransable, y hay que ser claro en eso, es que el respeto a los Derechos Humanos debe ser irrestricto. Porque quien no valora los derechos humanos, no valora la democracia. 

En ese cauce, nuestro deber como demócratas es lograr apartar del panorama los autoritarismos mediante el poderoso mundo de las ideas. La democracia tiene las virtudes y la nobleza para hacerlo. El desafío es encauzar esas ideas para lograr forjar una preferencia colectiva que retrate la voluntad general. Esto es, lograr la constitución de todos. Para ello, la exposición y el cruce de estas ideas se debe hacer en un marco de respeto y comprendiendo que en la democracia, a diferencia de los autoritarismos, hay que estar dispuestos a ceder. 

Es trascendental llevar este proceso de manera inteligente para atraer a quienes se sienten inseguros por el futuro de Chile. Y es que con miedo no es posible avanzar con fuerza en los procesos sociales. Nuestro país por un motivo, por sobre todo, semántico es que requiere de una nueva constitución. Nuestro contrato social está resquebrajado y hace muchos años deslegitimado por la ciudadanía. Necesitamos, con apuro, sentar nuevamente las bases de nuestra vida en conjunto, en el marco de una carta fundamental que nos incluya a todos como iguales, y no sólo a unos pocos. Existe la gran convicción de que ese es el camino que Chile necesita.

Entre la incertidumbre que provoca este presente y la esperanza con el que lo afrontamos, lo único claro es que el fin de la historia nunca fue… y está lejos de ser. De hecho, está recién empezando.

Matías Acuña Núñez

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