La economía en tiempos de cólera (y de coronavirus)

Mientras el planeta entero se encontraba en alerta esperando una nueva crisis mundial a partir de las peligrosas decisiones de Trump contra Irán y el incesante infierno que emergía desde Australia, entre los agitados e inquietos pasillos de un inocente mercado de mariscos de la gigante Wuhan, ciudad china de unos 11 millones de habitantes y con una economía del tamaño de Suecia, comenzaba a surgir el virus que finalmente terminó paralizando al mundo: El SARS-Cov-2 o, simplemente, coronavirus.

Muchos médicos y científicos han comenzado a plantear la necesidad de informar a la población y bajar los niveles de histeria que la nueva epidemia está generando. Pero la realidad es que los mercados ya entraron en pánico y este lunes comenzaron a responder negativamente a los efectos que el minúsculo organismo está desarrollando: Ayer el petróleo retrocedía 19%, Wall Street cerró por 15 minutos ante las fuertes pérdidas, la bolsa de Inglaterra bajó 7%, la de Italia 11% y la de Grecia lideró el retroceso a partir de un preocupante 13%, demostrando ser una de las economías más vulnerables del viejo continente.

Pero más allá del baile de números que el famoso virus está provocando a lo largo del globo, es importante entender el porqué. Podemos, así, dividir las causas en dos grandes factores: Las restricciones de oferta y demanda, y el factor psicológico.

La primera causa es concreta y se relaciona a las drásticas medidas de aislamiento que los países están tomando. En Italia, uno de los países más afectados, se decretó el aislamiento de 16 millones de personas en el norte del país (casi toda la población de Chile) y la región de Lombardía está completamente sellada. El problema es que mientras más drásticas sean las medidas, mayor será el impacto en la oferta: Las fábricas y oficinas paran, se restringe el transporte y las tiendas se vacían (produciendo lo que en la macroeconomía contemporánea se conoce como un shock de oferta). Pero también es posible que el shock se traslade a la demanda: Consumidores comienzan a aplazar sus decisiones de compra y a postergar sus inversiones.

La segunda causa, y para muchos aún más importante, se relaciona a lo que desde la economía se conoce como “los espíritus animales”. Los espíritus animales se refieren a una mezcla de confianza, incertidumbre, estados de ánimo, emociones y expectativas que influyen en la toma de decisiones de los individuos. El concepto nace en el año 1936, a partir del economista británico John Maynard Keynes, cuando lo utiliza en su libro Teoría general del empleo, el interés y el dinero para describir la emoción o el afecto que influye en el comportamiento humano.

Hoy en día, el factor psicológico parece obvio, pero la verdad es que hasta antes de Keynes, las teorías económicas predominantes visualizaban a los agentes económicos como individuos completamente racionales y ajenos a cualquier tipo de sesgo. Actualmente sabemos que muchos individuos son impacientes, poseen aversión al riesgo y a las pérdidas, y muchas veces se comportan estimulados por probabilidades mal estimadas. De esta forma, se han puesto en duda los supuestos de la economía clásica, dejando los modelos económicos tradicionales desahuciados y abriendo un mundo de nuevas áreas de estudio.

Debemos ser conscientes que detrás de toda cifra económica, hay miles de espíritus animales. Quizás por esta razón, las campañas del terror en plena época de elecciones y plebiscitos gustan tanto en algunos sectores. Los climas de miedo y temor son caldo de cultivo para acrecentar la incertidumbre económica. No por nada, Yoda nos advertía que el miedo es el camino al lado oscuro de la fuerza en la galardonada Guerra de las Galaxias.

Los mercados del mundo están reaccionando. Y nos han demostrado, una vez más, que los espíritus animales andan sueltos entre la montaña rusa de números y cifras que los economistas nos entregan. Así, en tiempos de coronavirus, los espíritus animales de Keynes están más despiertos que nunca y pareciera que han sido los más vulnerables al renombrado microorganismo.
Bruno Odone Pasquali.

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