El mejor país de Chile: el roto y el cuico

Detrás de la Estación Central de Ferrocarriles, llamada Alameda, por estar a la entrada de esa avenida espaciosa que es orgullo de los santiaguinos, ha surgido un barrio sórdido, sin apoyo municipal. Sus calles se ven polvorientas en verano, cenagosas en invierno, cubiertas de harapos, desperdicios de comida, chancletas y ratas podridas. Mujeres de vida airada rondan por las esquinas al caer la tarde(…) Se adivina que el barrio es nuevo, de esos que brotan como setas en las ciudades de América; su contacto con la parte verdadera de la capital es escaso(…) La parte nueva y la parte vieja se diferencian entre sí de una manera cortante y simbólica, como el roto y el futre, la leva y el poncho: ese maridaje fenomenal que constituye la sociedad chilena.

De ese modo arranca una de las obras más vigorosas, pero asimismo desconocidas, de la literatura nacional. Llamada “El Roto” por su autor Joaquín Edwards Bello, la obra retrata de superlativa manera la realidad del Santiago de inicios del siglo XX. Ha sido aclamada por los críticos de diferentes épocas debido a que pone de manifiesto las grandes desigualdades e injusticias sociales existentes en el centenario de la nación, lo cual conforma un escenario inmejorable para percibir a un pueblo humillado por los ricos y su soberbia, en donde la migración desde el campo a la ciudad, y la distribución geográfica que ella produjo, cumplen un papel determinante en retratar a la sociedad chilena, no solo en ese momento, sino también en perspectiva histórica.

Aquello resulta altamente contingente hoy.

Sobre todo hacia los inicios del estallido social era difícil no conmoverse con una cohesión social que se tornó impresionante. Había una complicidad muy linda. Se advertía un movimiento transversal, que aglomeraba a la ciudadanía en plenitud. O por lo menos eso queríamos creer. El pasar de los días nos demostró lo contrario. No tardaron en aparecer los fantasmas más propios de nuestra manera de ser. Se hicieron presentes -como si nunca se hubiesen ido- la polarización política, y ella trajo consigo el clasismo más atroz.

Es ese mismo clasismo que bien es retratado en “El Roto”, y que tiene larga data en nuestra historia nacional. Si bien tendríamos que adentrarnos en tiempos coloniales para entender a cabalidad este concepto, tiendo a creer que la aproximación más cercana a lo que vemos en la actualidad toma forma en los inicios de nuestra vida republicana. Y surge de una desigualdad social imperante en nuestra sociedad.

Esta desigualdad, a su vez, indudablemente nace de las promesas incumplidas de la modernidad. Es decir, de aquello que esperábamos que el progreso trajera, pero no hizo. La tarea de construir un Chile como república independiente distó mucho de realizarse inclusivamente para con el pueblo. De hecho, fueron unas cuantas familias las que desde un principio concentraron el poder económico y político. Se hicieron del monopolio de la tierra y de la actividad minera, ocuparon altos cargos políticos y dictaron las reglas del juego. Eso supuso repercusiones en todo lo demás. Y es que cuando se tiene a una elite tan instalada en su hegemonía y tan poco dispuesta a ceder de sus privilegios, es escasamente posible que se goce de una democracia genuina.

No hace falta más que hacer un recorrido por la historia para darnos cuenta de que la desigualdad no fue sólo material. Desde ese momento la sociedad chilena empezó a comprender que no había algo así como igualdad ante la ley: la justicia beneficiaba a quienes tenían el poder y se ensañaba con quienes lo carecían. La educación era para quienes podían pagarla, y los que no, debían conformarse con trabajar desde cabros chicos o acceder a una enseñanza muy precaria en el sistema público. El lugar de nacimiento en el mapa de la ciudad -o del país- determina las posibilidades de cumplir los planes de vida de los individuos, y peor aún: para la prensa eres un “poblador” si naciste en Lo Hermida, y “vecino” si vienes de La Dehesa.

Así, la modernidad tocó la puerta de sólo unos pocos. La prosperidad no fue abrazada por la inmensa mayoría, privándolos de esa dignidad que creían les era propia como miembros de la nación soberana. Los de abajo no subieron con los de arriba -se lamentaría un filósofo político muy famoso en la segunda mitad del siglo XX-, formándose dos realidades totalmente distintas. Tanto así, que éstas se hicieron irreconciliables. Aquello hizo casi imposible que no se crearan hostilidades mutuas, las que hoy se traen preconcebidas desde la cuna.

Lo anterior resulta paradójico si pensamos en que una facción es imposible de imaginar sin la presencia de la otra. Es ese maridaje del que habla Edwards, que se ha cristalizado en un nexo irrompible entre la elite y el pueblo.

Su trayectoria conjunta, no obstante, ha estado marcada por la más notable hipocresía. Y claro, si es un hecho que los vínculos entre ambos se han caracterizado por la conveniencia. La guerra supone un ejemplo magistral: la historia cuenta que el “roto chileno” como símbolo identitario se crea durante la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana y se consolida en la Guerra del Pacífico, en donde tropas de la gente más humilde y modesta fueron a darle batalla a un enemigo inventado por la nación y por la elite. Dicho conflicto tenía un trasfondo claramente económico. El roto arriesgó su vida, en el caso de 1879, para que “la patria” se hiciera de las minas de salitre más ricas, de las cuales nunca alcanzaría siquiera a pellizcar migajas.

Con todo, el clasismo no sólo no sucumbió, sino que se mantuvo de generación en generación. Y yace en el corazón de la idiosincrasia chilena. Se configura como un subproducto de la desigualdad. Una especie de artefacto que nos blinda ante la idea de ver amenazada nuestra posición en la sociedad. Un discurso con el que buscamos reafirmar ese sitio, e incluso alardearlo; distinguiéndonos desde lo más superficial, porque es necesario hacerlo saber. Algo propio de un país con tan arraigadas diferencias.

Y así es que nos convertimos en un país de rotos y cuicos…

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