Los impuestos del nuevo Chile (y del viejo Nottingham)

Los extensos y frondosos bosques de la ciudad de Nottingham han sido cuna de un centenar de historias y leyendas populares en todo el mundo occidental. Los más futboleros, quizás, reconozcan al club de futbol inglés que representa aquella zona, el Nottingham Forest, por aquel mítico bicampeonato obtenido en la Copa de Campeones de Europa (hoy Champions League) durante las temporadas 1978/79 y 1979/80, lo que permite al humilde club codearse con los grandes de Europa en el palmarés del notable campeonato europeo. Sin embargo, la ciudad británica se distingue entre las demás por las múltiples páginas que protagoniza en los libros de historia, principalmente durante la edad media, donde albergó castillos, municipios y palacios que desempeñaron un escenario crucial en la historia de Gran Bretaña. Es a partir, justamente, de aquellos episodios históricos desarrollados en las islas británicas que nace una famosa leyenda: La leyenda de Robin Hood.

A pesar de la existencia de diversas versiones literarias y cinematográficas que representan la historia del arquero del bosque de Nottingham, la trama principal nunca se pierde: Héroe medieval, célebre por su uso del arco y la flecha con un talento inigualable y enemigo del malvado Rey Juan (y su Sheriff) por robarles sus impuestos y entregárselos a los más pobres.

Si bien es cierto que la veracidad de la existencia de Robin Hood nunca se ha demostrado por completo, si es real que el Rey Juan existió y se enfrentó a grandes conflictos por el alza indiscriminada de impuestos para solventar guerras externas, provocando lo que en la macroeconomía contemporánea se conceptualizaría como contracciones fiscales y monetarias simultáneas. Tan cruciales fueron estos sucesos económicos que significaron la sublevación de gran parte de la población noble del país, exigiendo impuestos más justos y concluyendo con un nuevo pacto social: La Carta Magna de 1215, para muchos el primer documento constitucional de occidente (¿escucharon recientemente esta historia?).

Increíblemente, los sucesos que se han desarrollado en el último mes en Chile parecen ser un vil plagio de los acontecimientos que ocurrieron en Nottingham hace más de 800 años. Es que como nos dijo a un grupo de amigos durante la semana pasada el economista Óscar Landerretche (citando a Mark Twain): “La historia no se repite, pero rima”.

Lo más sensato, entonces, sería tratar de comprender si es que efectivamente el sistema impositivo chileno tiene algo de injusto que nos pudiese ayudar a explicar nuestro estallido social. Para esto, debiésemos iniciar aclarando que cualquier sistema de impuestos en el mundo tiene un conjunto simultáneo de tres objetivos: recaudar para financiar el gasto público, corregir fallas de mercado tales como externalidades, y, siempre y cuando se valore la equidad, redistribuir ingresos. Para las dos primeras existe una cierta unanimidad entre economistas de todos los colores políticos, exceptuando quizás a personajes libertarios como Javier Milei, economista argentino, o nuestro propio Axel Kaiser, quienes plantean que los impuestos son simplemente un robo, ignorando que sin impuestos no hay Estado, y sin Estado, lamentablemente para ellos, no hay resguardo de los derechos de propiedad, imposibilitando la existencia del pilar más fundamental del capitalismo: La propiedad privada de los medios de producción.

Así, solo nos quedaría por explorar el tercer objetivo planteado: La redistribución de ingresos. En este contexto, nuestro país ha desarrollado un sistema de impuestos que no redistribuye ingresos desde los niveles altos hacia los hogares de bajos ingresos. Se ha demostrado que el sistema impositivo chileno no es progresivo, es decir, no cumple con la idea de que aquél individuo que está en los niveles más altos de ingresos, paga un mayor porcentaje de sus rentas en impuestos. De hecho, cerca del 50% de los ingresos fiscales corresponden a IVA, impuesto regresivo que en los demás países de la OCDE contribuye, aproximadamente, solo entre un 20% a un 30% de la recaudación fiscal.

De esta forma, las transferencias monetarias (impuestos y subsidios), en promedio, reducen el coeficiente Gini de los países OCDE en 15 puntos. En Chile, las transferencias nos llevan de un Gini de 0,532 a uno de 0,503. En resumen, en Chile el gasto público y el sistema impositivo tomados en su conjunto son prácticamente neutrales y no aportan en nada a promover la equidad social.

Con los datos (y los hechos) sobre la mesa, debemos comenzar a plantear la equidad como un objetivo fundamental de nuestro sistema impositivo en el nuevo Chile que se pretende construir. No vaya a ser que los fantasmas que persiguieron al Rey Juan (en 1215) y al Presidente Piñera (en 2019) se nos vuelvan a presentar en un futuro no muy lejano.

Links de interés:

  1. Agostini, C., Martínez, C. y Flores, B. 2012. Equidad tributaria horizontal en el impuesto al ingreso en Chile. https://www.uai.cl/RePEc/uai/wpaper/wp_012.pdf
  2. OECD. 2018. Revenue Statistics 2018. https://www.oecd.org/tax/tax-policy/revenue-statistics-highlights-brochure.pdf
  3. Repetto, A. 2017. Crecimiento, pobreza y desigualdad: la vía chilena. http://www.economiaypolitica.cl/index.php/eyp/article/view/29

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