El oasis que nunca fuimos

Hace un par de semanas éramos un oasis. Así nos presentaba el Presidente Piñera el pasado 8 de octubre. Un oasis dentro de una Latinoamérica convulsionada. Hoy somos un caos. Pero un caos que se hace escuchar. Que nos obliga a reflexionar. Entre el intenso fuego de las barricadas y el incesante ruido de los cacerolazos, comienza a brotar una triste realidad: la ciudadanía hastiada de un sistema injusto y desigual.

En Chile, decir que el país es desigual siempre ha sido una obviedad. Una pesada herencia que arrastramos desde tiempos coloniales, asignando tierras exclusivamente a españoles y descendientes blancos. Así se fundó la clase alta tradicional chilena, a la que luego se le fueron sumando inmigrantes europeos. Otro factor importante que influyó en la actual conformación de la estructura socioeconómica chilena fue la explotación de recursos mineros: oro en la Conquista, plata y cobre en la Colonia, salitre a finales del siglo XIX (con una sangrienta guerra de por medio) y luego cobre a partir de 1930. De esta forma, se entregaron los últimos tickets con derecho a acceso a la clase privilegiada, dejando a la gran mayoría fuera de ella a través de una enérgica discriminación étnica y racial. Las clases altas se constituyeron como predominantemente blancas, mientras que mestizos e indígenas ocuparon un grado más bajo en la jerarquía social, dejando a negros y mulatos en el escalón más profundo. Durante 2017, el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) ordenó por frecuencia los apellidos en los que no hay un solo profesional de prestigio. No hay muchas sorpresas: Aillapan, Huenchual, Carilao, Huala, entre otros. Todos de origen mapuche. Los tickets hacia el privilegio eran individuales, con nombre y apellido asociados.

Pero el crecimiento nos cegó. La batalla contra la pobreza extrema no bastó. El país se posicionó, en los últimos 30 años, como uno de ingresos medios altos, exhibiendo tasas de pobreza muy por debajo del promedio de América Latina y ocupando el primer lugar en la región en el Índice de Desarrollo Humano (IDH). Pero las exitosas cifras escondieron bajo la alfombra por mucho tiempo una realidad brutal: en Chile los frutos y las oportunidades del progreso no alcanzan a todos por igual. En efecto, si ajustamos el IDH por desigualdad, Chile retrocede doce puestos en el ranking mundial.

Es que no hablamos de algo menor. La desigualdad se evidencia en dos grandes dimensiones. La desigualdad de ingreso: Medida por registros tributarios, los datos del Banco Mundial muestran que el 33% del ingreso que genera la economía chilena lo capta el 1% más rico de la población. La segunda dimensión, aún más grave, es la desigualdad socioeconómica: Diferencias en la vida social que implican ventajas para unos y desventajas para otros. Acá resaltan los sistemas de educación, salud y pensiones, estructuras que reproducen fielmente las desigualdades entre ricos y pobres. Por último, es imperioso destacar la expresión más injusta de la desigualdad socioeconómica: La desigualdad de trato social. En el oasis de Latinoamérica, los pobres pagaban con cárcel. Los ricos, por su parte, con clases de ética. Todo esto sumado a una clase política totalmente desconectada. Manchada por la corrupción, el abuso y, por sobre todo, la indiferencia.

No podía ser de otra manera. La ciudadanía despertó, se enfureció y salió a la calle, después de una aparentemente inofensiva alza al pasaje de metro. Así, mientras cae la fría noche en medio de un toque de queda, con militares en las calles y la destrucción masiva de la ciudad, me veo escribiendo esta columna. Triste y sorprendido. Pero con la esperanza de un cambio. De un futuro mejor. De ser realmente un oasis.

Y es que, quizás, nunca fuimos un oasis. Y si lo fuimos, éramos uno bastante desigual.

Bruno Odone Pasquali

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