El despertar de los muertos

Hay ruido en la calle. Es un ruido sordo, pero intenso, palpitante. No viene de la calle precisamente. Sino del subsuelo. Nace en las tinieblas.

No es la celebración de la noche de Halloween. Tampoco la del Día de los Muertos; para eso quedan aún un par de semanas. Nos referimos, por cierto, a lo que está ocurriendo bajo las calles del gran Santiago, en donde miles de estudiantes están saltando torniquetes en diversas, sino todas, las estaciones del Metro, en lo que se ha denominado la “evasión masiva”. Tristemente, estas manifestaciones se han convertido en fuertes disturbios, en los que carabineros ha ejercido una fuerte represión haciendo honor a su monopolio de la fuerza pública. La declaración de Estado de Emergencia por parte del presidente Piñera la madrugada de ayer fue la guinda de la torta.

Con el transcurrir de la semana se han formulado un sinnúmero de opiniones respecto a lo que está ocurriendo en el marco de esta manifestación. Entre apoyos y discrepancias se ha instalado el debate. Están quienes han condenado directamente el no respeto de las normas, catalogándolo de delito. En el otro lado de la vereda, han respaldado la protesta, criticado tajantemente el actuar de carabineros y, aunque con matices, condenado también los destrozos realizados.

“Desobediencia civil” es el concepto en el cual se basan estos últimos, esencialmente. Ese que elaboró Henry Thoreau en su escrito hace 170 años, luego de que se negara a pagarle impuestos a un gobierno esclavista y que invadía el norte de México con pretensiones expansionistas. También fue el principio mediante el cual el ilustre Mahatma Gandhi instó a la población india a ejercer la “resistencia no violenta” como forma de alcanzar la emancipación del país que seguía siendo colonia del Imperio Británico. Martin Luther King llamó a la transgresión de las leyes estadounidenses que menoscababan a los ciudadanos de raza negra, basando su movimiento fundamentalmente en este mismo principio. Movimientos feministas a lo largo de la historia siguen esta misma línea, lo que les ha valido la consecución de los derechos con los que gozan el día de hoy, pero que antes no tenían.

Si nos valemos de ese argumento, ¿qué ha llevado a la ciudadanía a emplear la desobediencia civil en las calles de Santiago? ¿Por qué la gente está evadiendo organizada y deliberadamente la ley a plena luz del día? ¿De dónde emana tanta rabia social, tanto resentimiento hacia el sistema y sus instituciones? ¿Por qué los jóvenes están, derechamente, rompiendo la infraestructura pública? No avalo la violencia, y estoy lejos de hacerlo. Eso fue cosa de siglos pasados. Estamos en la época del diálogo y de la construcción de una sociedad en base al respeto recíproco. Y justamente es en esta última frase donde podemos hallar respuestas a las interrogantes planteadas al inicio del párrafo. El respeto es lo que parece haber perdido la autoridad para con la ciudadanía.

Sin embargo, me caben dudas respecto de qué tanto tiene que ver la voluntad del gobierno en todo lo que ha ocurrido. Esto es, ¿realmente Piñera y su gabinete han buscado faltarle el respeto al país? A mí me parece que es mera irresponsabilidad política. Es como si el ejecutivo no se diera cuenta de que sus actos, y la forma en que se ha manejado el conflicto, lo están llevando a una crisis social. Si lo analizamos, la mayoría de los inconvenientes que ha tenido la gobernanza han surgido de actos o promesas irresponsables. Desde desafortunadas declaraciones de los ministros ante los medios de comunicación en las cuales han mostrado una falta de empatía absurda, promesas no cumplidas respecto del crecimiento de la economía, el caso Catrillanca, el caos en Quintero y Puchuncavi y el nepotismo político. Esto, sumado a otras problemáticas sociales tales como las pensiones indignas, la corrupción, el alto precio de los remedios, la polémica con los medidores eléctricos o la crisis en Osorno, nos dan un claro diagnóstico: todo le ha salido mal al presidente Piñera. Y el alza del metro fue la gota que rebalsó el vaso.

Dentro de estas cosas, claramente hay una parte que el gobierno no maneja directamente, por lo cual lo podríamos eximir de culpa. Sin embargo, desde luego que de la otra parte es total y absolutamente responsable. Hay una completa desconexión entre élite dirigente y los problemas reales de la gente. Esto no implica el tener que impulsar soluciones efectistas. No. La crisis social no se va a solucionar con militares en las calles o bonos para todos los santiaguinos. Se trata de hacer una evaluación general de lo que está ocurriendo e impulsar las políticas públicas necesarias para mejorar los puntos sociales más críticos. Pero de nada sirve hacer políticas de gran calidad técnica si no se va a saber comunicarlas. Lo expresó el senador Felipe Harboe anoche: “la política sin técnica es populismo, pero la técnica sin política es teoría”. Y esto desemboca en el alejamiento entre la esfera política y la social.

Y por ello es que no es un disparate esto de las manifestaciones. El obedecer la institucionalidad se ha vuelto, pareciera ser, una señal de conformismo. Pero no cualquiera, se configura como una suerte de subyugación ante la injusticia. Y así es como la gente se cansó. Se cansó en Santiago, en Ecuador y en Cataluña. Y se organizó la desobediencia civil. Hay un deseo latente por cambios. Porque, como dijo una vez el activista informático Aaron Swartz, “No hay justicia en cumplir leyes injustas”. Si por allá se reclama autodeterminación, acá lo que se busca es un llamado de atención a la autoridad. Muchas de las demandas que conforman y dan vida a esta protesta datan desde hace tiempo. Pero se están desarrollando de manera distinta. Hoy la sociedad civil está saliendo a la calle con sus ollas hayan o no militares. Están renaciendo. Desde los rincones de las tinieblas, están despertando los muertos.

Matías Acuña Núñez

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