Datos por doquier: ¿soluciones o más problemas?

Ante el vertiginoso ritmo de nuestros tiempos, cuesta encontrar elementos que no sean vulnerables a la fugacidad, que tengan rasgos de imprescindible o que no sean amenazados con su extinción. Sin lugar a duda, quien ocupa el primer lugar de estas notables excepciones es la ciencia de datos, fenómeno que día a día se posiciona con mayor arraigo en una gran cantidad de espacios en nuestras vidas.

Son innegables las grandes contribuciones que está efectuando la tecnología en el marco de esta nueva sociedad, categorizada como “la era de la información”. Algunos ejemplos de estos importantes avances para el desarrollo humano están relacionados con tratamientos de enfermedades, ejercer un mejor control en los espacios fronterizos, óptimos diseños de ciudades, etc. En definitiva, hay razones suficientes para tener una actitud optimista a la hora de hablar de tecnología.

Desde un punto de vista económico, considerando la teoría de costos de transacción, es totalmente deseable que esta tendencia en la producción de información se mantenga al alza, pues sólo de esta forma, las partes que dan vida a un acuerdo gozaran de vínculos más eficientes. Los costos del intercambio disminuyen considerablemente.

Sin embargo, siguiendo esta última idea, mi impresión es que el manejo de estos “océanos” de datos está totalmente desequilibrado. Específicamente, al analizar la relación – en cualquier tipo de mercado – entre oferentes y demandantes, uno puede percibir que quienes poseen mayores ventajas en la interacción es el primer grupo mencionado. Se puede registrar lo que compramos, con quién y qué hablamos en nuestras redes sociales, nuestra ubicación en tiempo real, reconocimiento facial, la música que escuchamos. Suma y sigue, la lista es interminable.

Si hacemos el ejercicio inverso, lo que se desprende es que como consumidores no sabemos tanto acerca de la contraparte. Sobre sus procesos productivos, las cuotas de género dentro de las organizaciones, poder de negociación de los trabajadores, etc. Factores que con toda seguridad afectan nuestras valoraciones, pero que se nos hace bastante complejo poder optar a un conocimiento apropiado de ellos. En conclusión, estamos inmersos en una situación con serios problemas de asimetrías en la adquisición de información, lo que lleva a pensar en que aún existe una tremenda posibilidad de mejora a la hora de hablar de intercambios eficientes y bienestar general.

Frente a este estado de las cosas, es bastante razonable intentar incluir en el análisis la idea del potencial de un sólido marco institucional como factor correctivo, agregar una tercera parte al juego. Pero lo cierto es que, a diferencia de otros ámbitos en donde nos movemos, en el mundo de los datos y la tecnología, los márgenes no están bien definidos, se traspasa todo tipo de fronteras, sólo pensemos en la famosa frase que hace referencia a que “todo está en la nube”.

De lo anterior toman fuerza muchas interrogantes, que por lo demás, nada tienen de trivial. ¿Cuál es el límite ético de la exposición constante de nuestra información personal? ¿Llegaremos a un punto en donde necesitemos algún tipo de regulación? Y en este caso, ¿quién podría efectuarlo? La única certeza que tenemos en torno a este tema es que se avecinan debates muy complejos.

Daniel Pacheco Henríquez.

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