La mente de Chile

El 52% de todas las licencias médicas que se presentan en Chile, tienen su origen en enfermedades asociadas a salud mental. En estudios recientes, la Organización Mundial de la Salud (OMS) proyecta que para el 2020, la depresión se ubicará en el segundo lugar en la lista de enfermedades que producen muerte prematura y discapacidad. Y lo cierto es que – tristemente – Chile ocupa el segundo lugar a nivel mundial (sólo después de Corea del Sur), con las tasas de suicidios más altas por depresión entre niños y adolescentes. Podríamos continuar con las estadísticas. El panorama es desolador.

¿Qué pasa en Chile? ¿Qué estamos haciendo tan mal para tener estos indicadores? A simple vista, estamos frente a un fenómeno que tiene sus orígenes en las raíces más profundas de nuestra sociedad, un problema estructural de proporciones. Una posible causa – dentro del gran abanico de posibilidades – dice relación con el exacerbado individualismo que transita en nuestra cotidianidad, cada vez valoramos menos algo inherente en el ser humano; la interacción con el resto. Es muy palpable el hecho de que en muchos aspectos de nuestras vidas, miremos al que está a un lado como una amenaza, como una competencia en una carrera constante, que no tiene término. El ejemplo más crudo de esto, es estar en presencia de un brutal mercado laboral. No damos abasto ante las expectativas que nos exigen desde diversas fuentes. Una clara consecuencia que se puede dilucidar a partir de todo esto, es una creciente sensación de insatisfacción y la imposibilidad de encontrar contención, pues todo el mundo está corriendo en la misma pista. Algo verdaderamente terrible es que a esta mochila que vamos cargando, le vamos agregando peso en absoluta intimidad, vale decir, en muchas ocasiones estas enfermedades no se visibilizan, sino que subyacen en lo más hondo de nuestro ser.

Si analizamos esta problemática desde el mundo de las políticas públicas, vale la pena al menos hacer algunos puntos. Es evidente que ante la gran cantidad de demandas que tiene la ciudadanía, se hace muy complejo la tarea de priorizar hacia donde se dirigen los fondos. Pero es francamente impresentable, que estando frente a un problema de semejante magnitud, transversal a toda nuestra sociedad, el presupuesto actual que el Estado chileno destina a salud mental constituya un 2,4% del gasto total en materia de salud. Se hace extremadamente relevante atender esta situación y aumentar los niveles de gasto, para mejorar, a modo de ejemplo, las labores desplegadas en la prevención. Pero es en este último punto, en donde nosotros como ciudadanos, miembros de un colectivo, también tenemos mucho por aportar para revertir este dramático escenario. Simplemente, teniendo una postura más activa y perceptiva sobre lo que sucede en nuestro entorno.

El llamado es a la empatía, a parar con la indolencia y naturalización de la violencia, a no perder la capacidad de sorprendernos, a hablar sobre estos temas. Sólo ser un poco más conscientes de que en nuestro día a día, hay muchísima gente en nuestro país que efectivamente, en lo más profundo de su espiritualidad, lo está pasando muy mal. No hay peor guerra que batallar con los fantasmas de tu propia mente.

Daniel Pacheco Henríquez.

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