El impuesto intocable

Hoy en Chile y en el mundo está en boga la problemática medioambiental. Quizás hay quienes creen que el calentamiento global existente hoy es parte del ciclo de la tierra, pero lo innegable es que el planeta se está calentando. Prueba de ello son las imágenes del Ártico donde se expone la evolución histórica que ha tenido esta región, o también el evidente retroceso que han experimentado los glaciares a nivel mundial. Para nadie será noticia, por ejemplo, que en la V región de nuestro país los animales se estén muriendo producto de la crisis ambiental existente (claro que acá la falta de agua es profundamente agravada por la industria agrícola de la zona). ¿Podemos como país hacer algo para frenar esta hecatombe ecológica? Claro que sí, hay mil cosas que podemos hacer, pero cada posible acción tiene sus detractores. Sin embargo, existe una medida que ayudaría a reducir las emisiones de carbono, aumentaría las arcas fiscales y reduciría externalidades negativas para acercarnos al óptimo social: hablamos del impuesto al diesel.

Actualmente en el país los hidratos de carburo reciben un impuesto dependiendo si se trata de diesel o bencina (1,5 y 6 UTM por metro cúbico respectivamente). Esto altera el mercado de los combustibles, pues provoca de manera artificial que el diesel sea notoriamente más barato que la bencina. Sin embargo, si de momento ignoramos esta distorsión económica, el principal problema no es la diferencia de precios, sino el hecho de que el diesel emite más material particulado que la bencina, por lo que al incentivar el uso del diesel estamos aumentando el material particulado en el aire, lo que conlleva efectos perjudiciales en la salud.

Pero volvamos otra vez al análisis meramente económico (sin externalidades). Si a nivel de consumidores individuales (estos son personas o ciudadanos comunes y corrientes) la diferencia de impuestos ya era perjudicial, al considerar el sistema impositivo en empresas esto se vuelve peor. En Chile las empresas transportistas que utilizan diesel pueden exigir una devolución de entre el 38% y 80% del impuesto específico, mientras que las empresas no transportistas pueden recuperar el 100% de este tributo. Sí, leyó bien; el 100%. Esta modalidad no solo “perdona” este cobro a las empresas no transportistas, sino que también incentiva a las firmas a declarar falsamente que no todo el diesel empleado se utilizó para actividades de transporte (y hay evidencia empírica de que esto sucede), permitiéndoles así evadir este impuesto.

Si el actual esquema impositivo es tan malo, ¿cómo es que no se ha subido el impuesto del diésel a 6 UTM a pesar de que así reduciríamos las emisiones de carbono y de material particulado, aumentaríamos las arcas fiscales, descongestionaríamos las ciudades y carreteras, e incentivaríamos el uso de energías menos containantes? La respuesta tiene un alto contenido histórico: si se toca el impuesto al diesel, se toca inevitablemente el bolsillo de los transportistas. Chile tiene malos recuerdos del paro de camioneros en 1972, y este gremio ha demostrado que aún tiene una gran capacidad de coordinación (sino basta recordar, por ejemplo, el paro efectuado el año 2008, o las amenazas de paro realizadas el año pasado). Todo esto ha convertido a esta medida en un tabú, volviéndola en una especie de impuesto intocable, a pesar de que a todas luces sería una medida socialmente preferible.

¿Cómo poder avanzar si existe un grupo de presión tan coordinado y efectivo? La respuesta es de simple ocurrencia, pero de difícil aplicación: de alguna manera hay que restarle poder a este gremio. Aunque poco se ha hecho en esta dirección, lo cierto es que al menos algo se ha intentado. El actual gobierno anunció un proyecto que va en esta línea: Chile sobre Rieles, una iniciativa que estima desembolsar 5 mil millones de dólares al año 2027 y que podría promover el uso de trenes en lugar de camiones para el transporte nacional. Otra posible solución sería liberalizar el cabotaje, para así incentivar el uso de la vía marítima en reemplazo de la terrestre, aunque pareciera ser que una iniciativa como esta es incluso más difícil que suceda. 

Es muy complejo restarle poder de la noche a la mañana a un grupo tan organizado, y esta tarea se vuelve casi imposible si el colectivo además posee la capacidad de paralizar al país. Sin embargo, en los grandes desafíos suelen esconderse enormes recompensas. Los beneficios de avanzar en esta dirección son indudables, por lo que con precaución y decisión debemos continuar hasta alcanzarlos.

FHJ


Links de interés:

Deja un comentario