¿De méritos o deméritos?: El Presidente y el cambio climático

Si de galardones se trata, muchos son los ejemplos que podemos encontrar al hacer un recorrido por la historia reciente. Muchos de estos, también, han sido adjudicados en medio de grandes controversias. El más emblemático probablemente sea el caso de Henry Kissinger que, en 1973, le fue conferido el Premio Nobel de la Paz, al mismo tiempo que era activo promotor de la Operación Cóndor, un plan de inteligencia y colaboración entre los servicios de seguridad de las dictaduras militares latinoamericanas en conjunto con la CIA. Durante los años 70’, dicha asociación fue responsable de la persecución, represión, asesinato y tortura en contra de políticos y de miles de civiles disidentes de cada régimen.
Entre otros casos polémicos, menos grotescos por cierto, podemos citar el de Gandhi, que nunca recibió -todos sabemos sus méritos- el mismo premio antes mencionado; o el hecho de que a Queen, Bob Marley, Tupac u Oasis nunca les haya sido otorgado un Grammy. El no Óscar a Pulp Fiction, es otro ejemplo. Ni el ausente premio del pasado lunes a nuestra querida Christiane Endler se salva, que para nosotros es la mejor arquera del mundo.

Ahora bien, ¿qué tienen en común los casos aludidos? El que en ninguno ha habido consenso absoluto con respecto a su entrega, o por lo menos uno relativamente razonable que despeje las dudas sobre la legitimidad de su asignación. No quiere decir esto que haya un fraude en la entrega de éste necesariamente, sino más bien que, por lo menos desde un punto de vista, el escenario ideal hubiese sido distinto.
Y por ello es que llama la atención el premio “Global Citizen Award 2019” otorgado al presidente Sebastián Piñera el pasado lunes, que le retribuye su lucha contra el cambio climático, al mismo tiempo de que en el país se vive una crisis ambiental. Y lo de crisis no es para menos, si se toma en cuenta lo ocurrido en Puchuncaví y Quintero, en donde producto de la gran contaminación emitida por centrales termoeléctricas -que de paso son altamente nocivas para el medioambiente pero siguen en pie-, la población resultó gravemente dañada e intoxicada.
Lo anterior ha puesto sobre la mesa el debate sobre las zonas de sacrificio en Chile que, sumado a la crisis hídrica son la muestra más pura de que el cambio climático debe ser combatido y aún se está al debe en aquella gesta. Y lo peor de todo: las comunidades más vulnerables son quienes pagan el pato.
Tampoco el gobierno chileno firmó el Acuerdo de Escazú promovido por la Cepal y las Naciones Unidas que se celebró el año pasado, el cual tiene como objetivo establecer protocolos para la protección del medio ambiente, dando más resguardos a los ecosistemas de los países participantes.

Esas son parte de las razones de la ilógica situación vivida el lunes. El Estado debe tener un rol activo en la lucha contra el cambio climático, sin hacer oídos sordos a situaciones en donde se están vulnerando los derechos de ciudadanos y se están contaminando nuestros ecosistemas. Los mercados por sí solos, entonces, parecen no estar funcionando plenamente bien. Y esto básicamente por lo que se conoce como fallas de mercado. Más específicamente, por dos: las evidentes externalidades negativas producidas y el hecho de que los agentes económicos son, en realidad, miopes, y no racionales como plantea la teoría económica clásica -si lo fueran velarían por su bienestar, no dañando el medioambiente, pues les conviene no hacerlo-. Así, la institucionalidad pública es la encargada de corregir esa irracionalidad y las externalidades que ella supone.

Lo curioso de aquello es que en gran parte del mundo, incluído Chile, el argumento se ha desarrollado prácticamente al revés. Y es que ha sido la población la que ha salido a las calles a manifestar su descontento, siendo una niña de dieciséis años la que precisamente lidera la lucha; relegando a los Estados a un plano en donde quedan al debe en materia climática y haciendo oídos sordos a su rol mitigador de fallas de mercado. Agravándose esto cuando nos referimos a EE.UU y Brasil, dos países con gobiernos abiertamente negacionistas del cambio climático, que han incluso rebatido argumentos científicos en favor del crecimiento económico.

El desafío entonces es que el presidente Piñera continúe en esta senda que se inicia y le haga honor al premio recibido, tomando las medidas pertinentes con la realidad nacional y en cuanto a acuerdos multilaterales. También -por qué no- aventurarse en campañas fomentando la disminución del consumo de carne a nivel nacional, tal como lo han planteado las Naciones Unidas. Es positivo en este sentido el que al menos no seamos defensores de la corriente negacionista y que sí se han tomado algunas medidas valorables. Por consiguiente, quedamos a la espera de que el galardón no sea pura victoria política como se ha dicho. Que ya que no le funcionó el crecimiento -su eterno caballito de batalla- y las reformas en educación y seguridad, la lucha contra el cambio climático es la oportunidad para convertirse en líder de algo. También es cueca dicen algunos. Ojalá que no. Y que las intenciones sean reales en beneficio de nuestro planeta, las comunidades del presente y las del futuro. Lo importante aquí, ha dicho el ex presidente Lagos hace un par de meses en entrevista con CNN, es la “toma de conciencia permanente” sobre lo que está pasando en nuestro planeta. Y para ello la acción activa del Estado es elemental.

Matías Acuña Núñez

Deja un comentario