La universidad en el siglo XXI

En la última década en nuestro país la mayoría de las demandas ciudadanas han surgido desde las universidades, más específicamente desde los estudiantes. Gratuidad, feminismo y salud mental han sido las banderas que se han enarbolado desde las universidades.

Las cifras del sistema de educación superior señalan que el 91% de los jóvenes en edad de estudiar están dentro del sistema, la matricula ha crecido 100 veces desde el 1950 al 2010, el gasto público en educación superior es de un 3,7% del PIB relativo a un 4,5% promedio de la OCDE y un amplio etcétera. En lo que respecta al acontecer de la universidad como institución, el debate, como ya algo mencioné, ha sido más bien acotado solo al financiamiento y a cómo viven los estudiantes su estancia en ella. La discusión ha sido de lógica binaria enfrentando al mercado contra el Estado, o al modelo “neoliberal” contra el modelo nórdico.

Todo lo anterior ha sido lo que se ha discutido en la esfera pública, números y más números. No considerando menos importante todo lo recién mencionado, noto la carencia de una reflexión detrás, que nos señale que es lo que queremos, que es lo que buscamos, a la larga: ¿Para qué la universidad?

Para responder esa pregunta corresponde recurrir a quienes ya se han hecho ésta interrogante en el pasado. Jacques Derrida señalaba hace unas cuantas décadas que el fin de la universidad es el fin de la razón misma. Para Immanuel Kant la universidad es la institucionalización de una idea, una idea racional. Nuestro Jorge Millas señalaba que la misión de la universidad consistía en algo así como la búsqueda de la verdad o la razón.

A mi parecer esta idea de universidad corre peligro de perder el norte en los tiempos actuales, debido a dos razones: la automatización y la corrección política. (Claramente puede haber más desafíos que se escapan de mi reflexión).

Con respecto a la automatización me preocupa que la institución de la universidad no esté abordando en nuestro país el hecho de que, según la consultora McKinsey, un 49% de los empleos corre el riesgo de ser reemplazados por máquinas en los próximos 40 años. La revolución tecnológica también podría implicar que los títulos que entregan las universidades dejen de tener utilidad al pasar cinco años de obtenerlos, debido al exponencial avance del conocimiento. La “utilidad” de la universidad entonces, como productora de personas que razonan o que critican la sociedad en la cual vivimos, pierde valor al quedar muda frente a los grandes avances. La literatura aquí indica que para hacer frente a este acontecer corresponde replantear todos los currículos universitarios insertando una formación sólida en humanidades.

Con respecto a la corrección política, aquella bien intencionada idea que busca proteger a las minorías a través de la censura, se ha visto en el mundo que grandes universidades han cancelado conferencias de algunos académicos o políticos por potenciales daños de su presencia a los habitantes de dichas universidades. Nuestro país no ha sido ajeno a eso y por ejemplo podemos recordar cuando el año pasado el líder del partido Acción Republicana, José Antonio Kast, fue atacado por estudiantes en la Universidad Arturo Prat y en otra ocasión tuvieron que cancelar una charla de él en la Universidad de Concepción. Es justamente por el ethos de la universidad que debemos defender su rol y evitar que la búsqueda de la razón se vea enmudecida o ya condicionada a lo “correcto” sin permitir que aquellos que viven día a día buscando la escurridiza verdad, den siquiera un paso hacia ella. El rol de la universidad como crítica de la sociedad seria innecesaria. ¿Para qué universidad? Para nada si lo correcto ya está definido.

El siglo XXI nos está dando muchas lecciones. Universidad, madre de los fundamentos, ayúdanos a entenderlas.

Marco Bravo Gatica

Deja un comentario