El mejor país de Chile: Nacionalismo, chovinismo y xenofobia

Cae el mes de septiembre y el rojo, el blanco y el azul empiezan a tomarse protagonismo adornando las banderas que, flameando en los mástiles de cada hogar, decoran el paisaje que se aprecia. Es una época especial. A la memoria viene el recuerdo feliz de momentos en familia o con amistades, en donde se celebró la fiesta patria al ritmo de la cueca y con el júbilo que provoca la venida del buen tiempo.

Los colegios igualmente son escenario primordial de la chilenidad. Es común observar, en este mismo contexto, a los profesores que se esmeran en enseñar a sus alumnos, año a año, cómo hacer el “ocho”, al comenzar el baile.

No obstante, hace unas semanas me tocó ser testigo de un lamentable acontecimiento justamente ocurrido en las dependencias de un establecimiento escolar como el mencionado. Me hallaba sentado en un paradero esperando locomoción colectiva, cuando vi pasar un individuo caminando por la vereda que me separaba de dicho recinto. En ese momento, un sinnúmero de todo tipo de gritos e insultos cayeron sobre el ciudadano de raza negra por parte de los niños aglomerados en la ventana del segundo piso. «Masisi», escuché repetidamente de manera despectiva y burlesca, ante lo cual el agredido reaccionó nulamente, mostrando evidente resignación. Yo, por mi parte, pasmado ante la situación, callé.

Desde ese día que vengo reflexionando. La rabia e impotencia corroen mis pensamientos, pero cuando la calma se impone, intento dar con los porqués de aquello que presencié. Todos mis dardos apuntan a la concepción de lo que entendemos por identidad chilena, y cómo han sido los distintos gobiernos a lo largo de nuestra historia quienes han fomentado una cultura fuertemente arraigada a valores nacionalistas y de intolerancia; especialmente la dictadura cívico-militar iniciada en 1973.

La construcción de una identidad colectiva no es mala de por sí. De hecho, a mi modo de ver, y apoyándome en la teoría comunitarista de Charles Taylor, existe un fuerte lazo entre el individuo y el grupo social al que pertenece, configurándose esta membresía como constitutiva de cada uno y de su identidad. El problema surge cuando esta identidad es impuesta y fuertemente fomentada en un período de la historia de Chile en donde se pasó por encima de los valores democráticos y donde la violación a los derechos humanos y la censura a lo diferente fueron la tónica.

Dice, el Artículo 3° de la constitución de 1980, a propósito redactada por funcionarios del régimen de Pinochet, que «El Estado de Chile es unitario», algo incoherente con la realidad de nuestro país, considerando la gran diversidad de culturas y naciones que conviven en el territorio, partiendo, ciertamente, por el pueblo mapuche. Es esta estridencia la razón, quizá, de que su conflicto con el Estado persista desde hace casi dos siglos.

Hay sutiles pero significativos elementos que hoy en día vemos como normales -y que poco nos hemos detenido a cuestionar- que denotan un evidente objetivo adoctrinador por parte del Estado chileno. El que izar la bandera sea una obligación cada mes de septiembre y cada lunes en los actos escolares no son coincidencia. Es más, existen multas de alrededor de cincuenta mil pesos por incumplir dicha normativa, que poco respeta el hecho de que algunos ni siquiera se sientan representados con ella. El haber nacionalizado la cueca en 1979 es otro elemento que llama la atención en esta suerte de homogenización de la identidad chilena, puesto que ésta ha sido desde sus albores un baile latinoamericano compartido por una infinidad de países.

Hasta ahora parece ser esto una mera critica a una manera de plasmar la política de un país, por más controversial que esta sea -ya hemos visto el caso de Trump y Bolsonaro en EE.UU y Brasil, respectivamente-. Pero, ¿hay algún motivo por el que vivir en un país altamente nacionalista se convierta en un problema a todas luces criticable? Sin duda, cuando se pone en jaque el respeto por los derechos humanos. Otra de las herencias de la dictadura es innegablemente la mentalidad xenófoba que en muchas ocasiones ha rozado el chovinismo. Y la raíz de estas actitudes son claras: la dictadura fue exaltadora incansable del rol de las fuerza armadas y del aspecto bélico. No por nada durante este período se volvió a incluir la tercera estrofa en el himno patrio en desuso por más de cien años. Así, mediante la militarización de la identidad se cae en la intolerancia por lo foráneo.

Esto último se ha podido apreciar con creces en la denigrante marcha anti inmigración convocada por el Movimiento Social Patriota -autodenominados nacionalistas- la cual incluso hizo un llamado a portar armas, no haciendo más que incitar el odio y la hostilidad contra personas “en razón de su etnia o nacionalidad”, lo que atenta contra los postulados de la Ley 19.733, más conocida como Ley Zamudio.

Los vestigios de lo que ha sido la época más oscura en la historia de la democracia chilena parecen persistir en el inconsciente colectivo. La reformulación de los valores que constituyen nuestra sociedad, así como la erradicación de los que menoscaban la ostentación de las libertades individuales de quienes son distintos a nosotros se hace fundamental. Aceptar la diversidad de culturas que componen nuestro territorio parece ser otro paso. Sin embargo, la comprensión individual de que podemos ser ciudadanos más tolerantes y justos es una esperanza que se mantiene más vigente que nunca ahora que el odio pretende imponerse. Por eso, cuando me toque sentarme nuevamente en ese paradero, no volveré a titubear. En defensa de la sociedad que queremos, y soñamos.

Matías Acuña Núñez

Estudiante de Ingeniería Comercial y Magíster en Economía y Políticas Públicas

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