Rasgando partituras

Ludwig Van Beethoven es considerado uno de los grandes músicos de la historia de la humanidad. Dentro de las nueve sinfonías que compuso durante su vida destacan obras magistrales como su quinta sinfonía (conocida por darle el puntapié inicial al clásico de Disney Fantasía 2000) o su novena y última sinfonía (famosa por ser la melodía que acompaña al siniestro Alex De Large en La Naranja Mecánica de Stanley Kubrick). Todas las composiciones de Beethoven rompieron los esquemas de su época pero hay una en particular que tiene una interesante historia detrás. Me refiero a su tercera sinfonía: La Heroica. La leyenda dice que originalmente Beethoven estaba escribiendo la partitura de su tercera sinfonía inspirado en uno de los grandes líderes europeos de aquellos años: Napoleón Bonaparte. Para muchos, Napoleón encarnaba los valores revolucionarios y los ideales ilustrados que brotaban por toda Europa tras la revolución francesa.

En medio del desarrollo de la obra, durante el año 1804, el secretario personal de Beethoven se acercó al músico para contarle las noticias que llegaban desde tierras francesas: Napoleón se había autoproclamado emperador de Francia. Se dice que Beethoven reaccionó con furia y decepción, decidiéndose por cambiar el título original de su obra: “Bonaparte”, por el que terminaría siendo el nombre definitivo: “La Heroica”. Se comenta que el músico borró el nombre original con tanta ira que quebró su lápiz y rasgó el papel que llevaba escrita las partituras.

Para Beethoven moría el héroe, el político que llevaría a Europa a la senda de la libertad y el progreso y nacía el dictador, el tirano que usaría el poder para su beneficio personal. Para Beethoven se desvanecían sueños, utopías e ilusiones políticas que le habían sido entregadas al personaje incorrecto. Personalmente, creo que esas partituras rasgadas simbolizaron la frustración y decepción de un anhelo político que se veía truncado.

Ante tamaña desilusión, la reacción de Beethoven parece ser una decisión coherente y predecible pero, en realidad, es una decisión difícil y muy poco común de ver en la política de nuestros tiempos. Me sorprende ver el creciente apoyo popular que tienen líderes políticos que son capaces de cuestionar la democracia y sus valores. Pero me sorprende (aún más) la poca capacidad que tenemos como ciudadanos de rasgar partituras, de dejar de apoyar a los políticos incorrectos y, por mucho que cueste, entregarle nuestros ideales políticos a otras personas.

Es nuestra responsabilidad como ciudadanos ser capaces de condenar y dejar de apoyar a aquellos líderes políticos que son capaces de relativizar la democracia, las libertades y los derechos humanos. Me preocupa ver una sociedad chilena que ha tendido a perdonar cualquier postura y opinión en cambio del progreso, el desarrollo o la igualdad, dándole espacio a las posturas extremistas y populistas que tanto auge han tenido en el último tiempo.

Así, creo que la frondosa aparición de posiciones políticas extremas alrededor del mundo responde, entre otros factores, a la incapacidad de la ciudadanía de rasgar sus propias partituras y aceptar a los Trumps, a los Bolsonaros o a los Maduros a costa de cualquier precio. Situación peligrosa, a mi parecer, cuándo estamos en busca de defender, cuidar y proteger las democracias liberales que tanto nos ha costado alcanzar, sobretodo en este país.

La defensa de la democracia y sus valores debe ser una lucha incesante. Durante toda la historia han aparecido fervientes enemigos de ella y en la mayoría de los casos, la democracia se entrega. Les damos espacios y aceptación social a los enemigos, apoyamos sus ideales, les entregamos poder político y así, tan rápido como llegó, se desvanece la democracia y la república a cambio de mantener nuestras partituras intactas.

La democracia no es el destino, no está asegurada y somos todos nosotros los mayores responsables de decirle adiós a quienes la ponen en peligro.

Comenzando septiembre, un mes tan profundo e importante para la historia de Chile, quiero invitar a mis lectores a reflexionar sobre sus propias partituras y a identificar, tal cual lo hizo Beethoven hace casi 205 años, si es que le están entregando sus sueños políticos a un Napoleón.

Agradecimientos especiales al profesor Óscar Landerretche (invito a leer su libro Chacota: La república en la era del populismo, de donde saqué la analogía de Beethoven) y a Marco Bravo y Fernando Hintze quienes me entregaron el espacio para comenzar mi camino escribiendo en esta plataforma.

Bruno Odone Pasquali.

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