Doble estándar

En esta columna me gustaría abordar una problemática que de seguro ha existido (y probablemente seguirá existiendo) a lo largo de la historia política: el doble estándar. Básicamente, esta característica no es más que una incongruencia en la lógica del discurso político, pudiendo ser evidente o bien acontecer de forma inadvertida.

La manifestación evidente resulta muy fácil de reconocer. Un ejemplo podría ser el siguiente. Quizás no muchos lo recuerden, pero en el año 2014 la entonces Alcaldesa de Providencia, Josefa Errázuriz, utilizó un edificio público para celebrar el matrimonio de su sobrino (acto privado), ante lo cual Marcela Sabat y Pilar Cruz (ambas militantes de Renovación Nacional) presentaron un requerimiento a la Contraloría de la República para que se pronunciase al respecto. Sin embargo, ninguna de ellas ha requerido el pronunciamiento de dicha institución para referirse respecto de la renovación de votos matrimoniales (acto privado) que el Presidente Sebastián Piñera (de su misma tienda política) realizó en el Palacio de la Moneda (edificio público) el día 21 de Diciembre, un día después de exigirle la renuncia al General Director de Carabineros, quien aún no presentaba su respuesta. Este tipo de doble estándar es fácil de detectar y resulta por ello sencillo de criticar a quien lo comete, por lo que no vale la pena detenerse a analizarlo.

Por otro lado, la modalidad más inadvertida del doble estándar es más interesante de conversar, pues acontece todo el tiempo y de seguro que todos hemos caído en ella al menos una vez. En el intento de maximizar el apoyo electoral, los políticos suelen criticar a sus contendores ciertas carencias de las que ellos mismos también son víctimas. Los más hábiles son incluso capaces de criticar al otro a la vez que ensalzan su propia figura, aún cuando, como dijimos, la carencia es la misma (aunque quizás con ciertos matices de diferencia). El ejemplo clásico de lo anterior es el clivaje de los noventa: dictadura-democracia. Las personas simpatizantes a la dictadura seguramente dirán que el gobierno del Presidente Pinochet reinstauró tanto los derechos fundamentales como el orden institucional que fue ultrajado en el gobierno de la Unidad Popular. En la calzada opuesta, los simpatizantes de la izquierda chilena aseverarán que el Presidente Allende fue un político comprometido con la democracia y que manifestó siempre un respeto sin igual a la constitución, a lo que de seguro agregarían que fue electo democráticamente en medio de la guerra fría (contrario a los gobiernos de izquierda de la época) y que Augusto Pinochet, en cambio, realizó una violación sistemática de los derechos humanos por 17 años. Un caso concreto del ejemplo anterior es fielmente representado en el pasado episodio protagonizado por Camila Flores, diputada y militante de Renovación Nacional, quien ganó cierto espacio en la discusión pública utilizando precisamente esta modalidad del doble estándar anterior: se declaró pinochetista y luego, en una entrevista realizada por Daniel Matamala en CNN Chile, criticó el inminente quiebre institucional en el gobierno de la Unidad Popular y se jactó de que el Gobierno Militar habría restablecido el orden en el país, e inclusive negó que Pinochet haya sido un dictador y afirmó que para ella él fue un Presidente de Chile.

Este último tipo de doble estándar es en el que la mayoría (y en ella nos encontramos todos y no solamente los políticos) suele caer reiteradamente, y quizás ello se debe al razonamiento apresurado producto de nuestras interpretaciones (que poseen ya una carga ideológica que aporta subjetividad) y acaban provocando que estas incongruencias en el discurso pasen más desapercibidas. También caen en este tipo de doble estándar aquellos que condenan el actuar de carabineros contra manifestantes, pero que no condenan lo que ocurrió esta semana con el Presidente del Tribunal Constitucional. Caen a su vez en esta trampa los que abrazan el libre intercambio de bienes entre países, a la vez que menoscaban la migración. Caen además en este error quienes defienden la libertad de expresión, pero que se burlan de una intervención en mapudungún. Y por último caen en esta tragedia las personas que aseguran pertenecer a la mejor institución del país, aún cuando ella defraudó al fisco en varios millones de dólares y mató a un dirigente desarmado por la espalda en presencia de un menor.

Sin embargo, más que los casos en donde el doble estándar ha estado presente, lo importante es reflexionar y decidir ponerle un fin a ello. Para tener debates sanos que conduzcan a consensos que beneficien a las personas debemos, necesariamente, abandonar todo tipo de doble estándar. Debemos prometer que ya no tendremos más incongruencias en nuestro discurso, y que admitiremos nuestros errores cuando internamente los reconozcamos como tal. Aunque, si nos ponemos a pensar, de nada servirá prometerlo, pues: si ya estamos inmersos en el discurso del doble estándar, ¿qué nos asegura que nuestra promesa no será otro caso más?

FHJ

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